Envidia y hostilidad


Existe una envidia que llamamos sana, que nos motiva a mejorar y luchar para alcanzar cosas o situaciones que vemos que otras personas consiguen, pero la característica principal de la verdadera envidia es el deseo de que al envidiado le vaya mal, que fracase y deje de tener eso que envidiamos tanto. Es envidia que nos moleste que nuestro compañero de trabajo sea alabado por un proyecto o que los hijos de nuestra amiga saquen mejores notas o que un familiar se compre un coche muy bueno… Pero la envidia no es desear lo que el otro tiene sino generar un sentimiento de hostilidad hacia el que es envidiado, que lleva a pensar al que envidia que los demás le hacen más caso, que le escuchan más y para combatirlo buscan que el otro fracase, que pierda ese estatus , justificando ante sí mismos que los logros del otro son injustos, infravalorando sus capacidades y su éxito, pensando que ha utilizado subterfugios, enchufes o malas artes para conseguirlos, y que los demás no se dan cuenta, de esa manera el envidioso se siente mejor. La envidia puede llegar a ocupar el pensamiento de la persona y convertirse en una obsesión, criticando al otro en público, señalando errores y faltas, reales o inventadas, llegando incluso al maltrato psicológico del otro, procurando entorpecer su camino, ya sea profesional o afectivo, ante amigos y familiares, sintiendo verdadera alegría ante el fracaso de la persona envidiada. Todo el mundo ha sentido envidia alguna vez, es un sentimiento con profundas raíces en la naturaleza humana, envidia de la belleza, del dinero y riquezas, de las capacidades, del trabajo… Evitar el sentimiento de envidia es muy difícil cuando hay circunstancias que nos llevan a ello, las emociones no se controlan fácilmente a voluntad, pero sí podemos manejar nuestra reacción ante ese sentimiento y nuestra manera de comportarnos, evitando la hostilidad hacia el envidiado,no quedándonos anclados en la crítica, racionalizando y afrontando que sus éxitos son merecidos y que no lo hace para perjudicarnos. La mejor manera de emplear esa energía es invertirla en nosotros mismos, en superarnos por méritos propios, no compitiendo con el otro y sus logros.

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